lunes, 9 de junio de 2014

MENSAJE EN UNA BOTELLA, ENTRE LOS RESTOS DEL NAUFRAGIO


Aquella noche, "X" volvía a llevar la misma camiseta azul Adidas, como un puñado de noches anteriores. La camiseta azul Adidas combinada con los calzoncillos, haciendo las veces de pijama. El verano amenazaba y ni siquiera la ventana abierta era un soplo de aire fresco en la viciada habitación.

La camiseta azul Adidas no estaba elegida de manera aleatoria. Era la camiseta que "Y" detestaba. Bueno, era mucho más que eso. Era un abismo entre "X" e "Y", un elemento discordante, una metáfora en forma de típica suegra que hace mella en una relación. El caballo de Troya que hacía insoportable las diferencias entre "X" e "Y". La chispa adecuada acechando un charco de gasolina. El Muro de Berlín que separaba la Guerra Fría de dos mundos con concepciones excluyentes entre sí. Aunque "X" solo la usaba para correr, "Y" no podía evitar la arcada al verle con la camiseta puesta. Una fobia como otra cualquiera.

"X" e "Y" llevaban meses sin estar juntos. La depreciación de los materiales, como causa-efecto. Una depreciación que genera relaciones zombies que entran en barrena en un estado catatónico de autocomplacencia y costumbrismo. Muchas relaciones continúan con esta tendencia hasta máximos históricos, hasta el fin de sus días. No fue el caso de "X" e "Y". Supieron ponerle el cascabel al gato, cuando el fango empezaba a cubrir las rodillas.

Aquella noche en la que "X" comía techo, con su autóctono insomnio crónico, la camiseta azul Adidas volvía a ser su talismán para alejar los fantasmas del pasado. El cerebro, ese generador de oasis en medio del desierto, acostumbraba a jugarle malas pasadas, pasando a sesgar una bonita historia a una idealizada historia. "X" solo conseguía recordar la sonrisa de "Y", aquellos vinos de los primeros encuentros, aquellas miradas furtivas cuando aún eran desconocidos, la lluvia en la habitación de "X" de aquella primera tarde, los días de pasión incandescente que acababan con las habitaciones ventiladas de algún hotel, el invadir el entorno del otro y sentirlo como parte suyo, conocerse entre paseos por el centro, descubrirse en cenas improvisadas, las escapadas, las conversaciones de pelis pendientes de ver, libros pendientes de leer o discos de Nirvana que jamás escucharon juntos, divagar del futuro como algo común.
La camiseta azul Adidas le permitía a "X" ver la otra columna del balance, la contrapartida de la nostalgia, la otra cara de la moneda. Le ayudaba a relativizar y a recordar que "Y", a pesar de ser maravillosa y una compañera de viaje genial, era una recuerdo idealizado y que como todo activo, tenía su pasivo.

Ya no era cuestión de buscar causas, culpables o pleitos pendientes. Poco importaba si se trataba del hedonismo y la búsqueda del placer efímero y cortoplacista de uno. O de no saber estimular cuando el fuego empieza a consumirse del otro. Ambos habían perdido una bonita relación, ambos se habían ganado a sí mismos sabiendo salir del bucle.

Pero aquella noche volvía a ser necesaria llevar la camiseta azul Adidas para hacer una auditoría interna justa y equitativa. Una introspección más acorde con la realidad que le brindaba el recuerdo idealizado.
El descenso a los infiernos lo evitaba, desde hacía tiempo, aquella camiseta azul Adidas. "X" nunca hubiera imaginado que un elemento beligerante se convertiría en un clavel, como aquella revolución pacifista que se dio en la Portugal de 1974.


*Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia




lunes, 12 de mayo de 2014

TRUE DETECTIVE. MUCHO MÁS QUE UNA MODA GAFAPASTIL.


Los áridos caminos por las polvorientas carreteras texanas, a lomos de un mustang descapotable, que puede recrear cualquier canción de Bruce Springsteen, es una moda obsoleta. Lo de parar cada dos horas en uno de esos restaurantes especializados en tarta de manzana y camareras, con la estética de Marilyn, que te enseñan el escote cuando pides huevos con bacon, pasó a mejor vida. 
Ahora se ha puesto de moda coger carretera por lugares pantanosos de cualquier Condado de Louisiana. “Llanuras bélicas y páramos de asceta, no fue por esos campos el bíblico jardín”, como recitaba Extremoduro. Lugares de una visualidad poética inenarrable, donde la belleza se mezcla a una amenaza inexplicable que hace que salten las alarmas instintivas. Mal sitio para que el coche te deje tirado cuando cae la tarde. El musgo y la fauna autóctona esconden secretos. Entre los juncos y el fango se sumerge el horror y las pesadillas.


                            


Así, viajan por todo el Estado de Louisiana, Rust y Marty. Buscando respuestas.
Uno, está de vuelta de todo. El sentimiento autodestructivo, que le acompaña, solo da tregua a la ingesta de cervezas y al misticismo heterodoxo, mediante el cual reflexiona sobre la vida y la muerte, con la voz queda y la base empírica que otorga la tragedia sobre sus espaldas. Un filósofo con petaca. Un dogmático desde la barra de bar. Un poli trasnochado que al acabarse el último chupito de Bourbon se irá a buscar el amor inmediato, efímero, tal vez de contrabando, al otro lado de la barra, antes que irse a casa, porque en casa nadie le espera y le comen las paredes cuando el insomnio se hace insoportable.
El otro, se mueve en parámetros cotidianos. Un domingo con los suegros, la monotonía conyugal bajo las sábanas, dos niñas a las que ver crecer. Un carácter algo déspota que no admite misticismos más allá de lo que ve el ojo humano. Ningún margen para la reflexión y el existencialismo. El whisky y las faldas le salvan del marido y padre estándar que nunca deseo ser. Siempre con el trabajo como pretexto, si el reloj marca más de medianoche, cuando la mujer espera, sentada en una butaca, a que aparezca oliendo a whisky y con el pecado, aún vigente, en su ropa interior.
Si la atmósfera es pesadumbrosa y la noche amenaza poner el cartel, es probable que la conversación se torne en metafísica, con referencias al pasado, para poder explicar el presente.
Rust siempre tiene una explicación “sui generis” para todo, mientras eleva la teoría de Hobbes: “El hombre es un lobo para el hombre”, a arte. 

En los 90 David Lynch nos enseñó que la importancia no estaba en ¿quién mató a Laura Palmer?, sino en la atmósfera, la belleza de lo onírico, el ecosistema que rodeaba el misterio, los personajes que se abrían paso a la historia. La historia de trastienda del cadáver que se pudre, en defintiva. True Detective recuerda a Twin Peaks.

Nunca un asesinato, siendo la premisa de una historia, tuvo tan poca repercusión dentro de esa misma historia. El asesinato como pretexto para hablar sobre la evolución humana, el nihilismo, el desencanto, la vida desde su arista más sórdida. 









sábado, 5 de abril de 2014

COPLAS A LA MUERTE DE KURT COBAIN


Aquella tarde de abril de 1994, Kurt Cobain dejó una nota que firmaba su epitafio. Se declaraba: “una persona errática”. Toda una declaración de intenciones de alguien que había vivido entre excesos y cuya visión de la vida era la de un domingo por la tarde. Una frase lapidaria que humanizaba al mito. La escopeta, que yacía junto a él, dejó huérfana a toda una generación de la rockstar de la década.

Eran tiempos de ver, en el patio de colegio, a los mayores, los de BUP, con la camiseta del Nevermind de Nirvana. El bebé con el dólar en la piscina, imagen recurrente y sobreexplotada debajo de aquellas cazadoras vaqueras de los 90, conjuntadas con las Converse, un calzado de la época, más bien tirando a hortera, y no un elemento de tendencia que lleva neologismos, trillados hasta la náusea, que responden a: “hipster”, “fashion”, “vintage”. 
Nirvana era lo mainstream dentro de lo alternativo y outsider. Una especie de los Ramones o  los Sex Pistols pero de los 90 y con un rollo menos vitalista, menos transcendental. Un rollo autodestructivo que nos vendieron como molón.
Kurt Cobain era un poeta maldito, otro del club de los 27. Demasiado sórdido para ser Jim Morrison y con demasiado marketing para ser Jimi Hendrix. Cobain era el grunge en la época dorada del grunge. El nihilismo, el paradigma de lo subersivo y la rebeldía en unos 90 aburguesados, sin demasiado por lo que sublevarse o levantar la voz.

1994 dejó la supremacía del Grunge en manos de The Pixies, el grupo que Cobain tomó de referente a finales de los 80. Mucho mejor grupo que Nirvana, pero sin ese halo generacional y carismático que tenía la figura de Kurt. Mientras, al otro lado del charco, Oasis acababa de sacar su primer álbum, el inolvidable: “Definitely Maybe”, para discutir hegemonía con Blur e inventar el concepto de: “Brit-Pop”, acuñado a una hornada de bandas que hacían rock basando sus guitarras en melodías muy aptas para el gran público y para los sibaritas de gafa pasta y celofán.
En el 94, Nirvana era algo ajeno a mí. Un nombre que sonaba al horizonte lejano que separaba la EGB del BUP; la cara imberbe, del acné juvenil.

Dos años después, antes de empezar la ESO, gracias a mi primo mayor y a mi emergente inquietud por la música, mi primer walkman, un artefacto entrañable pero de dudosa fiabilidad, empezó a reproducir las cintas de Nirvana. Algunas originales, como el “In Utero” o el "Nevermind” y la mayoría en formato: cinta de 60 TDK (o 90, tratándose del Unplugged), donde poner, en la etiqueta, el nombre del disco con letra de 6º de Primaria.
Nirvana se convirtió en uno de mis grupos de culto. No tenían la mística de Dylan, ni sonaban con la fuerza de los Rolling, ni tenían la calidad de los Beatles, ni la creatividad de Pink Floyd; pero tenían el magnetismo generacional para dejar poso, para ser una leyenda. Con el tiempo los he ido considerando como  un grupo musicalmente simple, engrandecido por el carisma de su líder. Algo sobrevalorados, a fin de cuentas.

Valoraciones aparte, Nirvana siempre evocará mi infancia, mi adolescencia y ciertos momentos universitarios. También las cintas TDK de 60, mi primer walkman, mis primeros campamentos de verano, los viernes en el Blockbuster eligiendo peli tras la pachanga de fútbol con los chicos del barrio, los VHS que me grababan de Canal + de los partidos del Jordan de la segunda etapa, el Madrid de Capello, el Agüila de Extremoduro...
Sí, mi nostalgia es un eufemismo de mi complejo de Peter Pan. Siempre quise ser la voz en off del Kevin Arnold de “Aquellos Maravillosos Años”, un adulto que ve su propia niñez en flash-back, recreándose en esos momentos de magia cuando la inocencia está intacta y el margen de asombro y fascinación tiende al infinito.



“Prefiero quemarme por dentro que apagarme lentamente” Kurt Cobain (1967-1994)





viernes, 3 de enero de 2014

MIS 10 PELÍCULAS PREFERIDAS, VISTAS EN 2013 (II)

SHAME (2011) - STEVE MC QUEEN - 




Un apuesto treinteañero que vive en un apartamento de lujo de Manhattan, con una vida sexual muy agitada y un trabajo muy aparente en uno de esos rascacielos de Nueva York. 
Los litros de titanlux de la fachada son un mero holograma para aparentar. Tras la distinguida etiqueta de “beautiful people”, dormita una vida enferma, desprovista de todo trato afectivo más allá de las sábanas. Una tormentosa existencia que degenera entre la fantasía de la pornografía y los incómodos amaneceres con una nueva desconocida con la que mojar el primer café del día. La apatía de cada despertar, con un ave de paso distinta, porque disimular nunca fue un problema.
El apuesto treinteañero no es ningún Grey idealizado por miles de mujeres en el mundo. Es una persona disfuncional que hace tiempo puso frontera con el resto del mundo y su aislamiento lo intenta compensar con el ruido sexual que no cesa en su mente. 
Su castillo de naipes se tambaleará con la repentina aparición de su hermana. Sus demonios se verán expuestos…



AZULCOSCUROCASINEGRO (2006) - DANIEL SÁNCHEZ ARÉVALO -




Si hay un director representativo en mi 2013 es Daniel Sánchez Arévalo. He visto sus cuatro largometrajes y de todos he sacado una sonrisa, la sensación de estar viendo buen cine y ciertos posos de optimismo que contrastan con esa melancolía que rezuma en sus películas. Con esos personajes erráticos que buscan su camino y se trastabillan en el intento.
Quim Gutiérrez es ese ser errático que no para de intentar que las circunstancias no  le sobrepasen. Un luchador con mono de trabajo y título de empresariales. Un titán que no se rinde a pesar de cargar con sus particulares batallas, con un padre enfermo y dependiente y con un hermano que nunca fue de fiar y amenaza darle más peso sobre sus doloridas espaldas.
Azuloscurocasinegro es, a pesar de su premisa, un resquicio al optimismo. Un estado de ánimo que se podría asemejar a un domingo por la noche cuando se ha ido la resaca y afrontas una nueva semana. Una nueva oportunidad para demostrar que lo de comerse el mundo es viable a pesar de lo que digan los indicadores.



PERROS DE PAJA (1971) - SAM PECKINPAH -




Perros de Paja es un experimento psicológico sobre los instintos que afloran de un ser gris y convencional ante las amenazas con devastar todo lo que es suyo.

Un matrimonio que vuelve al pueblo de ella en busca de tranquilidad, un pueblo perdido de la mano de Dios, un Dustin Hoffman con pinta de pardillo que habla de física cuántica mientras obvia el escote de su escultural mujer, una mujer ambigüa que se mueve entre el complejo de Lolita y la provocación y el victimismo por ser objeto de lascivos comentarios y actos que denigran su persona, un matón de pueblo y su grupo de acólitos que no obedecen a la autoridad local y que buscan el deseo carnal de la recién llegada, el tonto del pueblo que además es peligroso para las niñas que corretean, unas ratas que producen verdadero pavor, un climax poco confortable para el descanso de una pareja bien avenida. 
Ingredientes en la búsqueda de los instintos humanos llevados al límite.



MUD (2013) - JEFF NICHOLS - 




Mud es la historia de una especie de Robinson Crusoe al que el desamor le ha pasado factura.
Dos niños descubren a este Anacoreta en su exilio particular, una especie de isla donde alimentar los deseos de juventud y jugar a ser naufrago. Sin embargo, se trata de un convicto con causas perdidas, el corazón hecho trizas y un pasado un tanto pesadumbroso. Y un amor que idealizar al otro lado de la isla. Una chica sospechosa de jugar con el amor.
Los niños se proyectan en su misteriosa existencia de bohemio varado en medio de la nada. Le admiran por la libertad que se deduce de una vida sin los barrotes tecnológicos, convencionales y estereotipados de cualquier lugar llamado mundo. Solo ven inmensidad en la nada, tierra bañada de océano y unos atardeceres que derriten la pupila mientras consiguen la cena en la tranquilidad de las aguas. 

Mud trata de los sueños frustrados y los sueños por conseguir.



MIENTRAS DUERMES (2011) - JAUME BALAGUERÓ -





De sobra es sabido mi apego “sospechoso” a la obra de Hitchcock. Evidentemente le admito un arte pionero en crear tensión y un estilo muy definido que ha inspirado mucho cine negro y de terror.  
De Hitchcock no me apasionó “Vértigo”. Me parece buena, a secas: “La Ventana Indiscreta”. Me aburrió “Rebecca”. Me gustan ciertas cosas de “Extraños en un tren”. Y me gustan  considerablemente: “Los pájaros” y “Psicosis”. Quizá sea un problema de expectativas, porque lo que llevo visionado de él me parece más bien notable, en términos generales, pero el término “sobrevalorado” se me escapa en alguna conversación de barra de bar, inevitablemente. Pero, como decía, le reconozco mucha influencia posterior que se ha alargado en el tiempo de manera inexorable. Y esa influencia la suelo detectar y me suele gustar, independientemente de la película que sea.

Mientras Duermes (no confundir con el engendro de los 90 protagonizado por Sandra Bullock) tiene mucho de Hitchock por la atmósfera creada. Luis Tosar da mucho miedo en su papel de conserje obsesionado con una Marta Etura que, como acostumbra, enamora a la cámara y da angustia verla en un juego enfermizo al que se presta sin saberlo.


“Y los conserjes de noche, cuidan de los hostales…”, canta Quique González.




jueves, 2 de enero de 2014

MIS 10 PELÍCULAS PREFERIDAS, VISTAS EN EL 2013 (I)

PRISIONERS (2013)  - DENIS VILLENEUVE -





Prisioners es el reverso humano. La herida con la costra levantada. La expresión trasnochada de un  colosal Hugh Jackman. Sus ojeras por horas de sueño ocupadas en el drama. Su gesto contenido en el que se percibe que dentro de él suena roto. Sus instintos llevados al límite.
Nadie había descrito la desesperación humana como William Golding en “El señor de las Moscas”. Esa desesperación a flor de piel es por la que vaga Prisioners, traspasando una oscuridad lírica, hermosa. Una oscuridad humana, al fin y al cabo.
Jackman recuerda aquel Sean Penn, en Mystic River, capaz de todo, desprovisto de toda ética con tal de culpabilizar y castigar al causante de su dolor.
Prisioners es, también, un poco del “Zodiac” de Fincher. Una de esas, incompresiblemente, infravaloradas que a medida que transcurre el tiempo toma conciencia de obra de culto.



TROPA DE ÉLITE 2 (2009) - JOSÉ PADILHA - 




“Segundas partes nunca fueron buenas”, acervo popular caricaturizado en Scream 2 cuando se debate entre un grupo de cinéfilos la premisa convertida en dogma para puristas.
Tropa de Élite desmonta esta teoría. La primera es brutal, salvaje,  hiperrealismo en estado puro que habla de cómo una milicia especial salva guarda las favelas con el ojo por ojo diente por diente, sin importar el código de buen gobierno policial o la ética que censura el abuso de poder.
Tropa de Élite 2 tiene lo mejor de dos barrios muy conocidos por los seriéfilos: Farmington y Baltimore. Es el Farmington de “The Shield” por la corrupción policial con narcos en nómina y con botines de delincuentes con placa. Es el Baltimore de “The Wire” por la burocracia, los intereses de campaña, el sistema flaqueando ante el poderoso Don Dinero, las grandes esferas institucionales salpicadas.
Tropa de Élite 2 mira con cierta distancia a su predecesora, aunque  también se trate de una obra mayor que merece infinito reconocimiento.



BLUE VALENTINE (2010) - DEREK CIANFRANCE -





Pensamos en el amor como el sol naciente, el esplendor en la hierba, el rayo que no cesa, el canto del cisne, los días de vino y rosas, aquellas miradas adolescentes que se reflejan en los ojos del otro, la aceleración de las constantes vitales. La industria cinematográfica y la literatura suelen olvidarse del reverso de la moneda. El sueño americano y la influencia del cantar de gesta, supongo.
Ryan Gosling y Michelle Williams son un matrimonio en horas bajas. La decadencia de su relación se palpa en cada gesto compartido. La pasión de ayer, es hoy un solar donde solo queda costumbrismo. La inercia y la rutina han tomado aquel fuego de los primeros encuentros. Ahora hay un “nosotros” fragmentado, desagregado, descosido. Ese “nosotros” son dos partículas independientes, unidas por la legalidad y lo cotidiano y separadas por la fría física. Pero, claro, no suele haber simetría en la depreciación de dos semejantes.
Ryan Gosling no ha bajado los brazos. Se empecina en salvar los muebles, acude a la canción que apadrinó los primeros besos. Un blues de los que enamoran.
Michelle Williams, a su vez, empieza a detestar el baile de máscaras que es su matrimonio. Aborrece su vida y cualquier vínculo vital de la misma. Sus dedos están apagados al contacto con la otra piel. Y se empieza a preguntar aquello que hace saltar todas las alarmas: “Y si hubiese tomado este otro camino, ¿qué sería de mí?”. 
Pero, ¿en qué momento se jodió todo?, ¿en qué momento el microclima idealizado se tornó un transcurrir de días sin emociones, sin vértigo, sin nudo en el estómago?



ONE, TWO, THREE (1961) - BILLY WILDER –





En la España profunda, el cine más comercial pertenecía a la comedia, a pesar de Berlanga y Buñuel. La comedia de los José Luis López Vázquez, Paco Martínez Soria, Antonio Ozores, Fernando Esteso, Alfredo Landa, Andrés Pajares, Tony Leblanc. Grandes precursores de la llamada “época del destape”, con esas vedette del séptimo arte: Carmen Sevilla o Sara Montiel. Monumentales mujeres que compartían plano con el prototipo de hombre torpe, poco agraciado, pero enternecedor, que tenía  un carisma extraño, difícil de explicar. En cualquier caso, encantador. Capaz de propiciar una situación estrambótica y salir airoso de ella. Ese hombre normal y gris que conquista tantas ciudades y mujeres se ponga a su paso. Ese halo de perdedor con hechuras de dandy trasnochado, dotes seductoras un tanto anticuadas y que cae en el paletismo de la época, la copa de coñac y puro de sobremesa, encandilando a alemanas en Benidorm o a chicas de la Cruz Roja. En definitiva,  Julio Iglesias o Bertín Osborne, antes de Julio Iglesias o Bertín Osborne.
Al otro lado del charco, existía otro tipo de comedia en la que el perdedor se ponía el mundo por montera en un acto de fé y un guiño de buena suerte. Billy Wilder encarnaba a este bufón de una manera única y sutil, sin la caspa de la comedia española. Jack Lemmon solía llamarse. Aparte de este tipo de comedia, Wilder tenía un amplísimo registro con su particular sentido del humor como denominador común.
En One, Two, Three, se mete en camisas de once varas por la época convulsa en la que se trataba. Caricaturiza la Guerra Fría.
Un director de Coca-cola en la Alemania Occidental, una niña de papá que no entiende de Guerras Frías ni status quo, un novio pro-soviético que choca contra los intereses del padre de la criatura. Los ideales intentando anteponerse al Imperio del capital. Un cóctel molotov. Otra obra maestra de Don Billy Wilder.



PERSIGUIENDO A AMY (1997) - KEVIN SMITH - 








Perseguir a Amy es una metáfora sobre perseguir el amor platónico con toda la idealización que ello requiere. Perseguir a Amy es pretender que la mujer amada sea arcilla y querer moldearle a sus anchas. Perseguir a Amy es no aceptar las reglas del juego. No aceptar que todos tenemos un pasado con otras personas con las cuales hemos compartido lecho, alcoba y hasta cepillo de dientes. No aceptar las reglas del juego es pretender ser todas las relaciones fallidas, o todas las relaciones que calan hondo,  el despertar y la experimentación sexual, los royos de una sola noche con garrafón de por medio en bares de Malasaña, las salas de cine con caricias clandestinas, las cenas para dos, las risas contagiadas, las largas esperas porque no sé nada de ella y son más de las 10, las discusiones absurdas e inevitables que entran dentro del contrato de “más que amigos”. No aceptar las reglas del juego es esperar ser exclusivo, entendiendo la exclusividad como si estuviera solo limitada al presente, obviando el pasado. Obviar que hubo otros exclusivos, otros que llegaron pero no consiguieron quedarse, u otros que simplemente fueron papel mojado, personas de transición, aves de paso; pero también fueron bagaje y construyeron una base empírica de la que el “exclusivo” reniega, pretendiendo hacer borrón y cuenta nueva. Perseguir a Amy es pretender abarcarlo todo, y auto engañarse en el intento, porque todos tenemos un pasado, con más o con menos cadáveres en el maletero. Perseguir a Amy es idealizarle y exigirle que responda a esos cánones de cuento de hadas. Y no aceptar las reglas del juego.


lunes, 30 de diciembre de 2013

EL AÑO QUE AGONIZA

Fue el 2013 el año del optimismo dentro del pesimismo. El año que España parecía salir de su letargo, según ciertos indicadores macroeconómicos, con un superávit por cuenta corriente sin precedentes, pero la sensación de una sociedad que vive en el drama sigue persistiendo porque los indicadores microeconómicos, que son los que nos dan los garbanzos, siguen sin levantar el vuelo. Quizá sea un km 0, una vez recuperado cierto terreno en los mercados y haciéndonos más competitivos allende los mares de la Península. Toca ser optimista, porque algo ha mejorado la “Calle Melancolía” de Sabina y que bien valdría para definir España.

Fue el 2013 el año en que enterraron a mi abuelo y una parte de mí se fue con él. Su duro duelo contra la enfermedad ha sido un ejemplo a seguir. Esa manera de mirar a los ojos a la vida cuando ésta se va diluyendo, de manera despiadada, es su mejor legado. Ahora que falta en su sitio habitual en las cenas de navidad, le añoro más que nunca, pero con una sonrisa (a veces algo forzada) porque él lo hubiera querido así.

Fue el 2013 el año en que cayeron muchos que ocuparon largas horas de cine, lectura y música. Mandela, James Gandolfini, Lou Reed, son solo un pequeño esbozo de lo devastador que ha sido el 2013 en bajas significativas. También cabe recordar a personas que se han ido de gente querida y cercana. 

Fue el 2013 el año en que el debate del balón de oro se hizo insoportable para los que creemos en la mesura, detestamos la tertulia estéril y el fanatismo; y queremos solo hablar de fútbol y no de papel cuché y medallitas al mérito personal.

Fue el 2013 el año en que estas pupilas se derritieron ante el mejor Real Madrid de baloncesto, en juego, números y plantilla, que jamás he visto. El año en que viví “in situ”, en el Palacio de los Deportes, muchas victorias con la espectacularidad de este deporte y de este equipazo.

Fue el 2013 el año en que Xabi Alonso se hizo fundamental, ya no por su juego (que siempre lo ha sido), sino por su ausencia. Y entonces cojeó el esquema de Del Bosque en la Confederaciones, con un Busquets muy solo. Y se vio un Madrid sin ideas durante algunos meses porque no estaba el dandy que maneja al equipo.

Fue el 2013 el año en que tocó reinventarse para intentar distinguirse en la cola del INEM durante muchos meses. Aún sigue la batalla.

Fue el 2013 el año en el que en una dinámica de grupo dije que mi hecho más relevante hasta la fecha había sido conocer a mi novia en una biblioteca y que mi referente era Pablo Pineda. Histriónico o no, dos semanas después trabajaba en Banco Caixa Geral, sucursal de Móstoles, una de las experiencias más enriquecedoras que he vivido y que se prolongó durante 4 meses.

Fue el 2013 el de disfrutar de “The Wire”, la serie de culto por excelencia. Y fascinarme con la dicotomía: el horror/la belleza, como un día ocurrió con “Apocalipsis Now”. Horror por lo que describe, belleza por cómo lo describe.

Fue el 2013 en el que viajé a Londres y pude dar buena muestra de lo abierta, cultural y hermosa que es la ciudad. Todo hubiese sido mucho menos cálido sin la hospitalidad de David y Pilar, que merecen mención aparte.

Fue el 2013 el año que Siria fue territorio comanche y un lugar donde medirse las pollas las potencias mundiales armamentísticas. China, Irán y Rusia, al otro lado de la trinchera: Estados Unidos, Israel y potencias árabes liderabas por Arabia Saudí. Cada cual defendiendo un polo del fundamentalismo islámico: chiitas y suníes. La ONU viendo los toros desde la barrera, aunque eso no fue nunca un problema para EEUU. Obama supo recular, no llegó la sangre el río y no hubo guerra mundial, ni conflicto armado. Todo quedó en revuelta de unos, resuelta con, presuntamente, armas químicas de la autoridad competente y unos cuantos rebeldes que cayeron vencidos. Una especie de guerra fría del islam que promete dar muchos más capítulos de belicismo y conflictos diplomáticos

En el 2013, también hubo lío en las Coreas por un “quítame de ahí esas milicias”. Corea del Norte, la del tirano Kim Jong-un, amenazando devastar Corea del Sur. EEUU, aunque es su aliada la Corea “buena”, que no puede estarse quieto y amenaza con entrar al trapo. Agua de borrajas.

Fue el 2013 en el que Draghi, siguiendo la estela de 2012 (cuando anunció la barra libre, si fuese menester), cogió el toro por los cuernos, de manera repentina, y bajó los tipos de interés a medidas históricas: 0,25%. Inflacionistas vs Deflacionistas en el tatami. Política controvertida, en cualquier caso, de la que tengo una opinión algo difusa.

Fue en el 2013 el año que vi a Quique González en directo. Comprobé que sonaba a músico de verdad. A músico con mayúsculas. A músico auténtico. A “músico de guardia”, como él dice. Estuvo genial, haciendo suyo el folk-rock que nos tiene enamorados, a los que llevamos siguiéndole desde hace tiempo.

Fue el 2013 el de rayar el disco de Sixto Rodríguez y volverse músico de culto. Nick Cave tuvo también mucha presencia en los altavoces.



Ahora que agoniza el año, toca hacer introspección, mirar el balance de frente sin ocultar pérdidas, relativizar y aprender de fracasos (si es que así se los puede llamar), enorgullecerse por los éxitos y afrontar con optimismo el nuevo año que asoma y promete que todo será un poquito mejor.



jueves, 19 de diciembre de 2013

CAMPOFRÍO, RETRATO DE LA ESPAÑA DE LA BOINA Y EL BOTIJO





En tiempos convulsos de tsunamis sociales y económicos, a Campofrío se le ocurre ocultar el polvo debajo de la alfombra, reivindicando el orgullo patrio con el eslogan “ser español”; como si esto ya justificara todo lo demás, como si esto ya fuese condición sin ecua non para pasearnos por el mundo creyéndonos cabeza de león, sin más meritocracia que la del afable carácter mediterráneo. Parece que nuestra ventaja competitiva son los chistes de Arévalo, el sol y el tablao flamenco.

La España de las castañuelas, los toros y las verbenas que obvia su incapacidad endógena de incentivar a la generación más preparada.  La España de la boina que presenta la fuga de talento, allende los mares de la Península, como la mejor exportación. Exportación que no incide en el PIB, sino en nuestra particular pérdida de activos, fundamentales para formar una estructura económica solvente que genere crecimiento sostenible para el tejido empresarial.

 La España del botijo con el optimismo desmedido e injustificado como cristal opaco a que somos la Champions League de la economía sumergida, el fraude fiscal, las tramas de corrupción de las esferas políticas e institucionales, la falta de transparencia de los estamentos públicos, la traba burocrática para el emprendedor, el despilfarro a lo largo y ancho de toda la administración, con sus taifas y cotos privados aportando su granito de arena a un gasto político que se mantiene año a año en contrapartida a los recortes a las clases medias. Y el paro en guarismos históricos, con el escaso margen a que se remita considerablemente en un horizonte de corto alcance.

Un país fragmentado, que se le caen las costuras en cada Diada o cada jaque al Estado español de la aristocracia catalana disfrazada de gobernantes del pueblo.

Una España que vive de sueños de una noche de verano como aquel milagro económico de mediados de los 90 que nos hizo crecer a ritmo vertiginoso y al que hoy nos retrotraemos con la máxima de: “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Un milagro económico sustentado por la barra libre procedente de los fondos europeos y del ladrillo como bien productivo, especulativo y motor de la economía. Un milagro económico que hizo posible el espejismo. Al final resultó que el gigante tenía los pies de barro. Y bajo el manto de la burbuja que un día pinchó, no había champagne, vino y rosas, sino un erial, un desolador solar, la yerma tierra insolente, de la que hablaba Lorca, que nos daba de  bruces con la realidad. El complejo de nuevo rico nos había hecho olvidar que sin invertir en I+D, atraer la inversión extranjera con una fiscalidad y unas condiciones más favorables y desengrasar la maraña burocrática que dificultan al emprendedor y fagocitan el oligopolio, muchas veces previo-favores políticos (Eléctricas, como paradigma), solo éramos meras comparsas con una burbuja hipotecaria que mantenía los caprichos de un Estado insostenible e ineficiente.

En estas que llega Chus Lampreave, tan entrañable como acostumbra, con cameos de miscelánea popular, y nos dice que da igual todo esto, que “Somos Españoles” y eso ya nos dota de un carácter único y una forma de vida inimitable y envidiable. Y Campofrío nos hace caer en un nuevo episodio de optimismo infundado y basado en la mística “de sol y toros”.
Una nueva entrega de optimismo disuasorio que pretende desviar el estado catatónico en el que nos hallamos, con argumentos, cuanto menos, pueriles.  Como la España pre-Eurocopa de 2008 en la que antes de jugar el primer partido, ya habíamos ganado el Mundial/Eurocopa, aunque nunca habíamos pasado los cuartos de final. O ejemplos tan ilustrativos como aquel simple “desaceleramiento” de Zapatero, cuando el fango empezaba a tomar altura. O lo de que “somos el sistema financiero más sólido del mundo”, cuando se resquebrajaba el mismo. O los brotes verdes que dijo De Guindos hace más de un año.  O los hilillos de plastilina de Rajoy, en lo que fue una tragedia superlativa que inundó de Chapapote las costas gallegas. O la euforia desatada de las Olimpiadas de Madrid, menospreciando las otras candidaturas y con el complejo conspiratorio que siempre hemos tenido cuando no llegamos a las tremebundas expectativas creadas. Expectativas diseñadas más desde la ilusión que desde la fría y áspera realidad.   

Esa España de pandereta y siesta incapaz de sacudirse los complejos del Landismo, en pleno siglo XXI, y que no dista mucho de aquella otra España, que respondía a tiempos pretéritos, en los que las comedias de los Ozores, José Luis López Vázquez, Paco Martínez Soria y demás coetáneos hacían especial hincapié en que con el español siempre te irías a tomar una cerveza antes que con cualquier otro, que nuestro carácter nos hacía únicos y ya no necesitábamos más.

Está muy bien que cuando se hundan los cimientos, siga la orquesta tocando como si nada, pero no debe servir para que solo suene la música.

Y ser solo el gracioso que anima la fiesta es demasiado hasta para un optimista de pro, como yo.