Los áridos caminos por las polvorientas carreteras texanas,
a lomos de un mustang descapotable, que puede recrear cualquier canción de
Bruce Springsteen, es una moda obsoleta. Lo de parar cada dos horas en uno de
esos restaurantes especializados en tarta de manzana y camareras, con la
estética de Marilyn, que te enseñan el escote cuando pides huevos con bacon,
pasó a mejor vida.
Ahora se ha puesto de moda coger carretera por lugares
pantanosos de cualquier Condado de Louisiana. “Llanuras bélicas y páramos de
asceta, no fue por esos campos el bíblico jardín”, como recitaba Extremoduro.
Lugares de una visualidad poética inenarrable, donde la belleza se mezcla a una
amenaza inexplicable que hace que salten las alarmas instintivas. Mal sitio para
que el coche te deje tirado cuando cae la tarde. El musgo y la fauna autóctona
esconden secretos. Entre los juncos y el fango se sumerge el horror y las
pesadillas.
Así, viajan por todo el Estado de Louisiana, Rust y Marty. Buscando
respuestas.
Uno, está de vuelta de todo. El sentimiento autodestructivo,
que le acompaña, solo da tregua a la ingesta de cervezas y al misticismo
heterodoxo, mediante el cual reflexiona sobre la vida y la muerte, con la voz
queda y la base empírica que otorga la tragedia sobre sus espaldas. Un filósofo con
petaca. Un dogmático desde la barra de bar. Un poli trasnochado que al acabarse
el último chupito de Bourbon se irá a buscar el amor inmediato, efímero, tal
vez de contrabando, al otro lado de la barra, antes que irse a casa, porque en
casa nadie le espera y le comen las paredes cuando el insomnio se hace
insoportable.
El otro, se mueve en parámetros cotidianos. Un domingo con
los suegros, la monotonía conyugal bajo las sábanas, dos niñas a las que ver
crecer. Un carácter algo déspota que no admite misticismos más allá de lo que
ve el ojo humano. Ningún margen para la reflexión y el existencialismo. El
whisky y las faldas le salvan del marido y padre estándar que nunca deseo ser.
Siempre con el trabajo como pretexto, si el reloj marca más de medianoche, cuando la
mujer espera, sentada en una butaca, a que aparezca oliendo a whisky y con el
pecado, aún vigente, en su ropa interior.
Si la atmósfera es pesadumbrosa y la noche amenaza poner el
cartel, es probable que la conversación se torne en metafísica, con referencias
al pasado, para poder explicar el presente.
Rust siempre tiene una explicación “sui generis” para todo,
mientras eleva la teoría de Hobbes: “El hombre es un lobo para el hombre”, a
arte.
En los 90 David Lynch nos enseñó que la importancia no
estaba en ¿quién mató a Laura Palmer?, sino en la atmósfera, la belleza de lo
onírico, el ecosistema que rodeaba el misterio, los personajes que se abrían paso a
la historia. La historia de trastienda del cadáver que se pudre, en defintiva. True Detective
recuerda a Twin Peaks.
Nunca un asesinato, siendo la premisa de una historia, tuvo
tan poca repercusión dentro de esa misma historia. El asesinato como pretexto
para hablar sobre la evolución humana, el nihilismo, el desencanto, la vida
desde su arista más sórdida.

