jueves, 11 de abril de 2013

THE WIRE, LA PESADILLA DEL SUEÑO AMERICANO


The Wire no necesita de artificios, ni de efectismos. The Wire es un whisky seco que tarda en dar forma en el paladar, pero que cuando lo hace, cosquillea el mismo. The Wire es un "vísteme despacio, que tengo prisa". The Wire es mirar a los ojos al portero del averno que te niega la entrada.  The Wire son las entrañas del engranaje burocrático. The Wire son los entresijos de un sistema enfermo, cínico, ambicioso, sin ningún filtro de ética. The Wire es poesía sin necesidad de vértigo, fuegos artificiales o trucos finales. The Wire es sal en la herida. The Wire son zarzas en el alma. The Wire es Baltimore. Y Baltimore es la pesadilla del sueño americano.

Niños que no van a la escuela, reclutados por el narcotráfico. Niños que corren despavoridos. No juegan al escondite, ni al pilla-pilla. Corren ante las sirenas de policía. Desde temprana edad eligen la esquina, en vez de la escuela. Desde temprana edad se proyectan entre las sombras de Baltimore. Desde temprana edad son prospectos de sus familiares, de sus semejantes. Son los niños perdidos en un lugar que no es “Nunca Jamás”. Enterrados en vida antes de empezar a vivir. Productos de la espiral autodestructiva de Baltimore. Títeres del narcotráfico.


Polis corruptos, con un sentido dudoso de la ética. Una burocracia lenta, que obstaculiza procesos judiciales e investigaciones policiales. Politización de todo lo susceptible a ser politizado. Para hacer campaña. Para manipular en las calles. Para controlar el poder en los despachos. Los políticos se guardan así mismos. Se blindan las costuras. El poder embriaga más que cualquier whisky. Las calles de Baltimore lo saben. Saben que les toca las migajas de las clases privilegiadas. Saben que son material de contrabando para los buenos propósitos de campaña. Propósitos que son solo estadísticas policiales para limpiar las calles de mugre. A un sargento se le ocurre trasladar la mugre y concentrarla en un mismo sitio. ¿Meter el polvo debajo de la alfombra o empezar, así, a eliminarlo?


Sindicatos, venidos a menos, hacen un guiño a la corrupción en una ciudad que se desangra en cada esquina. Sindicatos corporativistas del trabajador portuario, que se alían con el hampa griego para sacar unas plusvalías. “Somos como una familia”, dice Fran Sobotka, el líder sindical, al calor del dinero negro. Dinero manchado de sangre de la mafia. “Nuestro Jornal”, según Fran Sobotka.








"Somos los reyes del mundo" dicen los dos vértices de una organización criminal, ante las vistas de la terraza, whisky en mano, donde se ve Baltimore en su extensión y donde la atmósfera envuelve partículas de cadáveres. Uno cree en el poder del músculo, de la guerra fría, de los suburbios callejeros; se define un soldado. El otro cree en el poder del dinero, de la extorsión, de las manos manchadas desde un despacho, mientras sujeta “La riqueza de las naciones” de Adam Smith y teoriza sobre si el mercado de la droga es elástico o inelástico. Ambos se creen vencedores en lo suyo.  Contemplan, desde aquella terraza de vértigo, como una ciudad se muere desangrada. Y contemplan a sus discípulos y sus cadáveres.  A los derrotados, los que no se pudieron levantar, en una guerra que no interesa a los medios de comunicación.  
Medios de comunicación que viven de titulares, no de noticias. El sensacionalismo haciendo tributo al drama. El sesgo inevitable de informar sin importar el cómo. La propagación del discurso vacío, que solo pretende vender ejemplares del amarillismo más insolente e infame.


Un personaje antológico, antihéroe, carismático. Omar Little. Silba entre las sombras de Baltimore, evocando a Robert Mitchum en "La noche del Cazador". Nunca una canción de cuna heló tanto la sangre. Baltimore crepita, se estremece en la noche. Omar Little ha regresado, furtivo, con sed de venganza.