jueves, 2 de enero de 2014

MIS 10 PELÍCULAS PREFERIDAS, VISTAS EN EL 2013 (I)

PRISIONERS (2013)  - DENIS VILLENEUVE -





Prisioners es el reverso humano. La herida con la costra levantada. La expresión trasnochada de un  colosal Hugh Jackman. Sus ojeras por horas de sueño ocupadas en el drama. Su gesto contenido en el que se percibe que dentro de él suena roto. Sus instintos llevados al límite.
Nadie había descrito la desesperación humana como William Golding en “El señor de las Moscas”. Esa desesperación a flor de piel es por la que vaga Prisioners, traspasando una oscuridad lírica, hermosa. Una oscuridad humana, al fin y al cabo.
Jackman recuerda aquel Sean Penn, en Mystic River, capaz de todo, desprovisto de toda ética con tal de culpabilizar y castigar al causante de su dolor.
Prisioners es, también, un poco del “Zodiac” de Fincher. Una de esas, incompresiblemente, infravaloradas que a medida que transcurre el tiempo toma conciencia de obra de culto.



TROPA DE ÉLITE 2 (2009) - JOSÉ PADILHA - 




“Segundas partes nunca fueron buenas”, acervo popular caricaturizado en Scream 2 cuando se debate entre un grupo de cinéfilos la premisa convertida en dogma para puristas.
Tropa de Élite desmonta esta teoría. La primera es brutal, salvaje,  hiperrealismo en estado puro que habla de cómo una milicia especial salva guarda las favelas con el ojo por ojo diente por diente, sin importar el código de buen gobierno policial o la ética que censura el abuso de poder.
Tropa de Élite 2 tiene lo mejor de dos barrios muy conocidos por los seriéfilos: Farmington y Baltimore. Es el Farmington de “The Shield” por la corrupción policial con narcos en nómina y con botines de delincuentes con placa. Es el Baltimore de “The Wire” por la burocracia, los intereses de campaña, el sistema flaqueando ante el poderoso Don Dinero, las grandes esferas institucionales salpicadas.
Tropa de Élite 2 mira con cierta distancia a su predecesora, aunque  también se trate de una obra mayor que merece infinito reconocimiento.



BLUE VALENTINE (2010) - DEREK CIANFRANCE -





Pensamos en el amor como el sol naciente, el esplendor en la hierba, el rayo que no cesa, el canto del cisne, los días de vino y rosas, aquellas miradas adolescentes que se reflejan en los ojos del otro, la aceleración de las constantes vitales. La industria cinematográfica y la literatura suelen olvidarse del reverso de la moneda. El sueño americano y la influencia del cantar de gesta, supongo.
Ryan Gosling y Michelle Williams son un matrimonio en horas bajas. La decadencia de su relación se palpa en cada gesto compartido. La pasión de ayer, es hoy un solar donde solo queda costumbrismo. La inercia y la rutina han tomado aquel fuego de los primeros encuentros. Ahora hay un “nosotros” fragmentado, desagregado, descosido. Ese “nosotros” son dos partículas independientes, unidas por la legalidad y lo cotidiano y separadas por la fría física. Pero, claro, no suele haber simetría en la depreciación de dos semejantes.
Ryan Gosling no ha bajado los brazos. Se empecina en salvar los muebles, acude a la canción que apadrinó los primeros besos. Un blues de los que enamoran.
Michelle Williams, a su vez, empieza a detestar el baile de máscaras que es su matrimonio. Aborrece su vida y cualquier vínculo vital de la misma. Sus dedos están apagados al contacto con la otra piel. Y se empieza a preguntar aquello que hace saltar todas las alarmas: “Y si hubiese tomado este otro camino, ¿qué sería de mí?”. 
Pero, ¿en qué momento se jodió todo?, ¿en qué momento el microclima idealizado se tornó un transcurrir de días sin emociones, sin vértigo, sin nudo en el estómago?



ONE, TWO, THREE (1961) - BILLY WILDER –





En la España profunda, el cine más comercial pertenecía a la comedia, a pesar de Berlanga y Buñuel. La comedia de los José Luis López Vázquez, Paco Martínez Soria, Antonio Ozores, Fernando Esteso, Alfredo Landa, Andrés Pajares, Tony Leblanc. Grandes precursores de la llamada “época del destape”, con esas vedette del séptimo arte: Carmen Sevilla o Sara Montiel. Monumentales mujeres que compartían plano con el prototipo de hombre torpe, poco agraciado, pero enternecedor, que tenía  un carisma extraño, difícil de explicar. En cualquier caso, encantador. Capaz de propiciar una situación estrambótica y salir airoso de ella. Ese hombre normal y gris que conquista tantas ciudades y mujeres se ponga a su paso. Ese halo de perdedor con hechuras de dandy trasnochado, dotes seductoras un tanto anticuadas y que cae en el paletismo de la época, la copa de coñac y puro de sobremesa, encandilando a alemanas en Benidorm o a chicas de la Cruz Roja. En definitiva,  Julio Iglesias o Bertín Osborne, antes de Julio Iglesias o Bertín Osborne.
Al otro lado del charco, existía otro tipo de comedia en la que el perdedor se ponía el mundo por montera en un acto de fé y un guiño de buena suerte. Billy Wilder encarnaba a este bufón de una manera única y sutil, sin la caspa de la comedia española. Jack Lemmon solía llamarse. Aparte de este tipo de comedia, Wilder tenía un amplísimo registro con su particular sentido del humor como denominador común.
En One, Two, Three, se mete en camisas de once varas por la época convulsa en la que se trataba. Caricaturiza la Guerra Fría.
Un director de Coca-cola en la Alemania Occidental, una niña de papá que no entiende de Guerras Frías ni status quo, un novio pro-soviético que choca contra los intereses del padre de la criatura. Los ideales intentando anteponerse al Imperio del capital. Un cóctel molotov. Otra obra maestra de Don Billy Wilder.



PERSIGUIENDO A AMY (1997) - KEVIN SMITH - 








Perseguir a Amy es una metáfora sobre perseguir el amor platónico con toda la idealización que ello requiere. Perseguir a Amy es pretender que la mujer amada sea arcilla y querer moldearle a sus anchas. Perseguir a Amy es no aceptar las reglas del juego. No aceptar que todos tenemos un pasado con otras personas con las cuales hemos compartido lecho, alcoba y hasta cepillo de dientes. No aceptar las reglas del juego es pretender ser todas las relaciones fallidas, o todas las relaciones que calan hondo,  el despertar y la experimentación sexual, los royos de una sola noche con garrafón de por medio en bares de Malasaña, las salas de cine con caricias clandestinas, las cenas para dos, las risas contagiadas, las largas esperas porque no sé nada de ella y son más de las 10, las discusiones absurdas e inevitables que entran dentro del contrato de “más que amigos”. No aceptar las reglas del juego es esperar ser exclusivo, entendiendo la exclusividad como si estuviera solo limitada al presente, obviando el pasado. Obviar que hubo otros exclusivos, otros que llegaron pero no consiguieron quedarse, u otros que simplemente fueron papel mojado, personas de transición, aves de paso; pero también fueron bagaje y construyeron una base empírica de la que el “exclusivo” reniega, pretendiendo hacer borrón y cuenta nueva. Perseguir a Amy es pretender abarcarlo todo, y auto engañarse en el intento, porque todos tenemos un pasado, con más o con menos cadáveres en el maletero. Perseguir a Amy es idealizarle y exigirle que responda a esos cánones de cuento de hadas. Y no aceptar las reglas del juego.


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