martes, 30 de diciembre de 2014

MIS 10 SERIES/PELÍCULAS DEL 2014 (I)

FARGO. (Noah Hawley)


Teoría del caos. El aleteo de una mariposa que puede desembocar en un tsunami de indetectables consecuencias. La historia de un perdedor cuya vida se despeña por el barranco de las frustraciones. Frustraciones acuñadas por el recuerdo imborrable de los abusos sufridos en el instituto, un trabajo que detesta, un hermano por el que dudar si la teoría de Mendel es válida y una esposa que le ningunea y le recuerda que siempre fue lo que apuntaba en su tierna adolescencia: la crónica de un fracaso anunciado.
La premisa cambia cuando entra a escena un genial Billy Bob Thorton, en uno de esos papeles de “anti-tipo duro”, pero que hiela la sangre con una mirada, tan bien trazados por el mundo Coen.
Fargo es la demostración que el efecto dominó puede ser devastador en sucesos, a priori, independientes entre sí y que guardan poca relación. La teoría del caos, como decía. Fargo cuenta cómo, cambiando las condiciones y las circunstancias, ese ser gris, indetectable para los cánones de éxito del siempre exigente estatus quo, puede ponerse el mundo por Montera y dejar atrás ese halo de perdedor que huele a kilómetros, como colonia barata. Dejar atrás ese estigma de bufón amedrentado por las circunstancias, elegidas por la inercia de la frustración o impuestas por la arbitrariedad del ser humano. Fargo es, también, una nueva oportunidad para redimirse de la mediocridad en la que estaba encallada una vida insustancial.
Mucho humor negro, mucho Billy Bob Thorton (probablemente, el mejor papel de su carrera) y mucho Martin Freeman (brillante hallazgo), muchas situaciones bizarras, mucha tragicomedia griega, mucho esperpento que luce y tiene su razón de ser en esa atmósfera Coen, donde el perdedor y lo histriónico son los grandes pilares que sustentan la historia. Como ingrediente adicional, y reclamo, la participación, como secundario de lujo, del genial Saul Goodman (Robert John Odenkirk) de Breaking Bad.





TRUE DETECTIVE. (Nic Pizzolatto)


Un thriller policiaco es la excusa perfecta para hablar de nihilismo, desencanto, evolución humana, con sus heridas inherentes, que no cicatrizan, a lo largo del tiempo.
Entre los juncos y el fango, de Louisiana, hay vida inerte. Una historia espeluznante esperando ser descubierta. - El horror - que diría el Coronel Kurtz, encarnado por un Marlon Brando, en horas bajas. Tras el misterio se halla una pareja antológica, que se complementa gracias al pragmatismo de uno y la eterna divagación del otro. 
Parece que cuenta algo que ya hemos visto, pero aquí no tenemos a Morgan Freeman y Brad Pitt buscando los 7 pecados capitales en correspondientes crímenes, ni a Kevin Spacey como psicópata “cum laude”, con el pulso de Fincher dirigiendo los hilos. 
Se produce el doctorado de Matthew Mc Conaghey. La confirmación de lo que venía apuntando en “Mud“, “Dallas Buyers Club” y el cameo de “El Lobo de Wall Street”. Woody Harrelson está a la altura de las circunstancias, demostrando que su problema, a lo largo de su carrera, han sido las dudosa elección de los papeles más que el potencial que atesora. Otro infravalorado.

True Detective se ha convertido en un clásico de culto inmediato para paladares exigentes y gourmet de atmósfera decadente, fotografía con tonos oscuros y guiones que necesitan digestión pausada, con brandy y siesta. Dejando los posos que solo dejan las historias fascinantes.




LA ISLA MÍNIMA. (Alberto Rodríguez)


Mucho se habló de su paralelismo con True Detective. En cualquier caso, casual, porque el rodaje se produjo antes que viera la luz la obra magna de HBO. 
Las similitudes existen y tienen como denominador común muchas de las cosas que enamoraron de True Detective. 
Las marismas del Guadalquivir son, esta vez, las que guardan secretos y donde se mezcla el marco incomparable y el escenario más inquietante. Como en Seven o True Detective, los dos agentes de la ley son la noche y el día. Uno está de vuelta de todo y no cree en la rendición de sus malas decisiones. El otro es el policia académico y riguroso, un melón aún por abrir. Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo, tradicionalmente desempeñados en la comedia, se reciclan meritoriamente, dando poderío a una historia de cadáveres, coyunturas políticas y viejos fantasmas en la España profunda. Tiempos, aún confusos, de transición y de andar un poco a la deriva.   
Posiblemente, la mejor película española de la última década. 




BLACK MIRROR. (Charlie Brooker)


Imagina a Don Draper dejando, por un momento, el traje, la pitillera, el whisky y las faldas ajenas a su matrimonio.  Imagina que, en vez de la música de Charlie Parker y la estética de los 50, Don Draper pasa a formar parte del oscuro retrato de una sociedad alienada por la tecnología, por el progreso mal digerido. Black Mirror da mucho nivel con la aparición de Jon Hamm, ese involvidable Don Draper de Mad Men, en el especial de navidad, primer episodio de los tres que se darán en la tercera temporada.
Black Mirror lleva tres temporadas proponiendo varias aristas de una misma cara, una sociedad que se asemeja al “1984” de George Orwell. En esta ocasión, no es el “Gran Hermano” de Orwell, o la tiranía del hombre, lo que somete a una civilización, sino la tecnología, el mundo virtual que tantas facilidades se le supone y que, en ocasiones, tanto nos aleja del mundo real. Sórdido, inquietante, incómodo para el espectador. Una pesadilla antes de navidad, distinta a la de Tim Burton. 




RELATOS SALVAJES. (Damián Szifrón)


Relatos salvajes es, ante todo, humor noir que pretende divertir y lo consigue de manera notable. También son vísceras esparcidas sobre el asfalto, tras los zarpazos de la vida. Situaciones estrambóticas dentro de lo posible. Pero sobre todo, Relatos Salvajes quiere rendir pleitesía a la venganza y las reacciones instintivas.
Una antología de “aquello que haría, si me olvidase de las consecuencias“. Tesitura fascinante en una sociedad cínica, diplomática, con miedo a la confrontación y necesidad a dejar las cosas en tablas, aunque queden pleitos y rencillas pendientes.
Todo ello, desde una óptica visceral, estado inmediato al de rendir cuentas a alguien. 




lunes, 9 de junio de 2014

MENSAJE EN UNA BOTELLA, ENTRE LOS RESTOS DEL NAUFRAGIO


Aquella noche, "X" volvía a llevar la misma camiseta azul Adidas, como un puñado de noches anteriores. La camiseta azul Adidas combinada con los calzoncillos, haciendo las veces de pijama. El verano amenazaba y ni siquiera la ventana abierta era un soplo de aire fresco en la viciada habitación.

La camiseta azul Adidas no estaba elegida de manera aleatoria. Era la camiseta que "Y" detestaba. Bueno, era mucho más que eso. Era un abismo entre "X" e "Y", un elemento discordante, una metáfora en forma de típica suegra que hace mella en una relación. El caballo de Troya que hacía insoportable las diferencias entre "X" e "Y". La chispa adecuada acechando un charco de gasolina. El Muro de Berlín que separaba la Guerra Fría de dos mundos con concepciones excluyentes entre sí. Aunque "X" solo la usaba para correr, "Y" no podía evitar la arcada al verle con la camiseta puesta. Una fobia como otra cualquiera.

"X" e "Y" llevaban meses sin estar juntos. La depreciación de los materiales, como causa-efecto. Una depreciación que genera relaciones zombies que entran en barrena en un estado catatónico de autocomplacencia y costumbrismo. Muchas relaciones continúan con esta tendencia hasta máximos históricos, hasta el fin de sus días. No fue el caso de "X" e "Y". Supieron ponerle el cascabel al gato, cuando el fango empezaba a cubrir las rodillas.

Aquella noche en la que "X" comía techo, con su autóctono insomnio crónico, la camiseta azul Adidas volvía a ser su talismán para alejar los fantasmas del pasado. El cerebro, ese generador de oasis en medio del desierto, acostumbraba a jugarle malas pasadas, pasando a sesgar una bonita historia a una idealizada historia. "X" solo conseguía recordar la sonrisa de "Y", aquellos vinos de los primeros encuentros, aquellas miradas furtivas cuando aún eran desconocidos, la lluvia en la habitación de "X" de aquella primera tarde, los días de pasión incandescente que acababan con las habitaciones ventiladas de algún hotel, el invadir el entorno del otro y sentirlo como parte suyo, conocerse entre paseos por el centro, descubrirse en cenas improvisadas, las escapadas, las conversaciones de pelis pendientes de ver, libros pendientes de leer o discos de Nirvana que jamás escucharon juntos, divagar del futuro como algo común.
La camiseta azul Adidas le permitía a "X" ver la otra columna del balance, la contrapartida de la nostalgia, la otra cara de la moneda. Le ayudaba a relativizar y a recordar que "Y", a pesar de ser maravillosa y una compañera de viaje genial, era una recuerdo idealizado y que como todo activo, tenía su pasivo.

Ya no era cuestión de buscar causas, culpables o pleitos pendientes. Poco importaba si se trataba del hedonismo y la búsqueda del placer efímero y cortoplacista de uno. O de no saber estimular cuando el fuego empieza a consumirse del otro. Ambos habían perdido una bonita relación, ambos se habían ganado a sí mismos sabiendo salir del bucle.

Pero aquella noche volvía a ser necesaria llevar la camiseta azul Adidas para hacer una auditoría interna justa y equitativa. Una introspección más acorde con la realidad que le brindaba el recuerdo idealizado.
El descenso a los infiernos lo evitaba, desde hacía tiempo, aquella camiseta azul Adidas. "X" nunca hubiera imaginado que un elemento beligerante se convertiría en un clavel, como aquella revolución pacifista que se dio en la Portugal de 1974.


*Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia




lunes, 12 de mayo de 2014

TRUE DETECTIVE. MUCHO MÁS QUE UNA MODA GAFAPASTIL.


Los áridos caminos por las polvorientas carreteras texanas, a lomos de un mustang descapotable, que puede recrear cualquier canción de Bruce Springsteen, es una moda obsoleta. Lo de parar cada dos horas en uno de esos restaurantes especializados en tarta de manzana y camareras, con la estética de Marilyn, que te enseñan el escote cuando pides huevos con bacon, pasó a mejor vida. 
Ahora se ha puesto de moda coger carretera por lugares pantanosos de cualquier Condado de Louisiana. “Llanuras bélicas y páramos de asceta, no fue por esos campos el bíblico jardín”, como recitaba Extremoduro. Lugares de una visualidad poética inenarrable, donde la belleza se mezcla a una amenaza inexplicable que hace que salten las alarmas instintivas. Mal sitio para que el coche te deje tirado cuando cae la tarde. El musgo y la fauna autóctona esconden secretos. Entre los juncos y el fango se sumerge el horror y las pesadillas.


                            


Así, viajan por todo el Estado de Louisiana, Rust y Marty. Buscando respuestas.
Uno, está de vuelta de todo. El sentimiento autodestructivo, que le acompaña, solo da tregua a la ingesta de cervezas y al misticismo heterodoxo, mediante el cual reflexiona sobre la vida y la muerte, con la voz queda y la base empírica que otorga la tragedia sobre sus espaldas. Un filósofo con petaca. Un dogmático desde la barra de bar. Un poli trasnochado que al acabarse el último chupito de Bourbon se irá a buscar el amor inmediato, efímero, tal vez de contrabando, al otro lado de la barra, antes que irse a casa, porque en casa nadie le espera y le comen las paredes cuando el insomnio se hace insoportable.
El otro, se mueve en parámetros cotidianos. Un domingo con los suegros, la monotonía conyugal bajo las sábanas, dos niñas a las que ver crecer. Un carácter algo déspota que no admite misticismos más allá de lo que ve el ojo humano. Ningún margen para la reflexión y el existencialismo. El whisky y las faldas le salvan del marido y padre estándar que nunca deseo ser. Siempre con el trabajo como pretexto, si el reloj marca más de medianoche, cuando la mujer espera, sentada en una butaca, a que aparezca oliendo a whisky y con el pecado, aún vigente, en su ropa interior.
Si la atmósfera es pesadumbrosa y la noche amenaza poner el cartel, es probable que la conversación se torne en metafísica, con referencias al pasado, para poder explicar el presente.
Rust siempre tiene una explicación “sui generis” para todo, mientras eleva la teoría de Hobbes: “El hombre es un lobo para el hombre”, a arte. 

En los 90 David Lynch nos enseñó que la importancia no estaba en ¿quién mató a Laura Palmer?, sino en la atmósfera, la belleza de lo onírico, el ecosistema que rodeaba el misterio, los personajes que se abrían paso a la historia. La historia de trastienda del cadáver que se pudre, en defintiva. True Detective recuerda a Twin Peaks.

Nunca un asesinato, siendo la premisa de una historia, tuvo tan poca repercusión dentro de esa misma historia. El asesinato como pretexto para hablar sobre la evolución humana, el nihilismo, el desencanto, la vida desde su arista más sórdida. 









sábado, 5 de abril de 2014

COPLAS A LA MUERTE DE KURT COBAIN


Aquella tarde de abril de 1994, Kurt Cobain dejó una nota que firmaba su epitafio. Se declaraba: “una persona errática”. Toda una declaración de intenciones de alguien que había vivido entre excesos y cuya visión de la vida era la de un domingo por la tarde. Una frase lapidaria que humanizaba al mito. La escopeta, que yacía junto a él, dejó huérfana a toda una generación de la rockstar de la década.

Eran tiempos de ver, en el patio de colegio, a los mayores, los de BUP, con la camiseta del Nevermind de Nirvana. El bebé con el dólar en la piscina, imagen recurrente y sobreexplotada debajo de aquellas cazadoras vaqueras de los 90, conjuntadas con las Converse, un calzado de la época, más bien tirando a hortera, y no un elemento de tendencia que lleva neologismos, trillados hasta la náusea, que responden a: “hipster”, “fashion”, “vintage”. 
Nirvana era lo mainstream dentro de lo alternativo y outsider. Una especie de los Ramones o  los Sex Pistols pero de los 90 y con un rollo menos vitalista, menos transcendental. Un rollo autodestructivo que nos vendieron como molón.
Kurt Cobain era un poeta maldito, otro del club de los 27. Demasiado sórdido para ser Jim Morrison y con demasiado marketing para ser Jimi Hendrix. Cobain era el grunge en la época dorada del grunge. El nihilismo, el paradigma de lo subersivo y la rebeldía en unos 90 aburguesados, sin demasiado por lo que sublevarse o levantar la voz.

1994 dejó la supremacía del Grunge en manos de The Pixies, el grupo que Cobain tomó de referente a finales de los 80. Mucho mejor grupo que Nirvana, pero sin ese halo generacional y carismático que tenía la figura de Kurt. Mientras, al otro lado del charco, Oasis acababa de sacar su primer álbum, el inolvidable: “Definitely Maybe”, para discutir hegemonía con Blur e inventar el concepto de: “Brit-Pop”, acuñado a una hornada de bandas que hacían rock basando sus guitarras en melodías muy aptas para el gran público y para los sibaritas de gafa pasta y celofán.
En el 94, Nirvana era algo ajeno a mí. Un nombre que sonaba al horizonte lejano que separaba la EGB del BUP; la cara imberbe, del acné juvenil.

Dos años después, antes de empezar la ESO, gracias a mi primo mayor y a mi emergente inquietud por la música, mi primer walkman, un artefacto entrañable pero de dudosa fiabilidad, empezó a reproducir las cintas de Nirvana. Algunas originales, como el “In Utero” o el "Nevermind” y la mayoría en formato: cinta de 60 TDK (o 90, tratándose del Unplugged), donde poner, en la etiqueta, el nombre del disco con letra de 6º de Primaria.
Nirvana se convirtió en uno de mis grupos de culto. No tenían la mística de Dylan, ni sonaban con la fuerza de los Rolling, ni tenían la calidad de los Beatles, ni la creatividad de Pink Floyd; pero tenían el magnetismo generacional para dejar poso, para ser una leyenda. Con el tiempo los he ido considerando como  un grupo musicalmente simple, engrandecido por el carisma de su líder. Algo sobrevalorados, a fin de cuentas.

Valoraciones aparte, Nirvana siempre evocará mi infancia, mi adolescencia y ciertos momentos universitarios. También las cintas TDK de 60, mi primer walkman, mis primeros campamentos de verano, los viernes en el Blockbuster eligiendo peli tras la pachanga de fútbol con los chicos del barrio, los VHS que me grababan de Canal + de los partidos del Jordan de la segunda etapa, el Madrid de Capello, el Agüila de Extremoduro...
Sí, mi nostalgia es un eufemismo de mi complejo de Peter Pan. Siempre quise ser la voz en off del Kevin Arnold de “Aquellos Maravillosos Años”, un adulto que ve su propia niñez en flash-back, recreándose en esos momentos de magia cuando la inocencia está intacta y el margen de asombro y fascinación tiende al infinito.



“Prefiero quemarme por dentro que apagarme lentamente” Kurt Cobain (1967-1994)





viernes, 3 de enero de 2014

MIS 10 PELÍCULAS PREFERIDAS, VISTAS EN 2013 (II)

SHAME (2011) - STEVE MC QUEEN - 




Un apuesto treinteañero que vive en un apartamento de lujo de Manhattan, con una vida sexual muy agitada y un trabajo muy aparente en uno de esos rascacielos de Nueva York. 
Los litros de titanlux de la fachada son un mero holograma para aparentar. Tras la distinguida etiqueta de “beautiful people”, dormita una vida enferma, desprovista de todo trato afectivo más allá de las sábanas. Una tormentosa existencia que degenera entre la fantasía de la pornografía y los incómodos amaneceres con una nueva desconocida con la que mojar el primer café del día. La apatía de cada despertar, con un ave de paso distinta, porque disimular nunca fue un problema.
El apuesto treinteañero no es ningún Grey idealizado por miles de mujeres en el mundo. Es una persona disfuncional que hace tiempo puso frontera con el resto del mundo y su aislamiento lo intenta compensar con el ruido sexual que no cesa en su mente. 
Su castillo de naipes se tambaleará con la repentina aparición de su hermana. Sus demonios se verán expuestos…



AZULCOSCUROCASINEGRO (2006) - DANIEL SÁNCHEZ ARÉVALO -




Si hay un director representativo en mi 2013 es Daniel Sánchez Arévalo. He visto sus cuatro largometrajes y de todos he sacado una sonrisa, la sensación de estar viendo buen cine y ciertos posos de optimismo que contrastan con esa melancolía que rezuma en sus películas. Con esos personajes erráticos que buscan su camino y se trastabillan en el intento.
Quim Gutiérrez es ese ser errático que no para de intentar que las circunstancias no  le sobrepasen. Un luchador con mono de trabajo y título de empresariales. Un titán que no se rinde a pesar de cargar con sus particulares batallas, con un padre enfermo y dependiente y con un hermano que nunca fue de fiar y amenaza darle más peso sobre sus doloridas espaldas.
Azuloscurocasinegro es, a pesar de su premisa, un resquicio al optimismo. Un estado de ánimo que se podría asemejar a un domingo por la noche cuando se ha ido la resaca y afrontas una nueva semana. Una nueva oportunidad para demostrar que lo de comerse el mundo es viable a pesar de lo que digan los indicadores.



PERROS DE PAJA (1971) - SAM PECKINPAH -




Perros de Paja es un experimento psicológico sobre los instintos que afloran de un ser gris y convencional ante las amenazas con devastar todo lo que es suyo.

Un matrimonio que vuelve al pueblo de ella en busca de tranquilidad, un pueblo perdido de la mano de Dios, un Dustin Hoffman con pinta de pardillo que habla de física cuántica mientras obvia el escote de su escultural mujer, una mujer ambigüa que se mueve entre el complejo de Lolita y la provocación y el victimismo por ser objeto de lascivos comentarios y actos que denigran su persona, un matón de pueblo y su grupo de acólitos que no obedecen a la autoridad local y que buscan el deseo carnal de la recién llegada, el tonto del pueblo que además es peligroso para las niñas que corretean, unas ratas que producen verdadero pavor, un climax poco confortable para el descanso de una pareja bien avenida. 
Ingredientes en la búsqueda de los instintos humanos llevados al límite.



MUD (2013) - JEFF NICHOLS - 




Mud es la historia de una especie de Robinson Crusoe al que el desamor le ha pasado factura.
Dos niños descubren a este Anacoreta en su exilio particular, una especie de isla donde alimentar los deseos de juventud y jugar a ser naufrago. Sin embargo, se trata de un convicto con causas perdidas, el corazón hecho trizas y un pasado un tanto pesadumbroso. Y un amor que idealizar al otro lado de la isla. Una chica sospechosa de jugar con el amor.
Los niños se proyectan en su misteriosa existencia de bohemio varado en medio de la nada. Le admiran por la libertad que se deduce de una vida sin los barrotes tecnológicos, convencionales y estereotipados de cualquier lugar llamado mundo. Solo ven inmensidad en la nada, tierra bañada de océano y unos atardeceres que derriten la pupila mientras consiguen la cena en la tranquilidad de las aguas. 

Mud trata de los sueños frustrados y los sueños por conseguir.



MIENTRAS DUERMES (2011) - JAUME BALAGUERÓ -





De sobra es sabido mi apego “sospechoso” a la obra de Hitchcock. Evidentemente le admito un arte pionero en crear tensión y un estilo muy definido que ha inspirado mucho cine negro y de terror.  
De Hitchcock no me apasionó “Vértigo”. Me parece buena, a secas: “La Ventana Indiscreta”. Me aburrió “Rebecca”. Me gustan ciertas cosas de “Extraños en un tren”. Y me gustan  considerablemente: “Los pájaros” y “Psicosis”. Quizá sea un problema de expectativas, porque lo que llevo visionado de él me parece más bien notable, en términos generales, pero el término “sobrevalorado” se me escapa en alguna conversación de barra de bar, inevitablemente. Pero, como decía, le reconozco mucha influencia posterior que se ha alargado en el tiempo de manera inexorable. Y esa influencia la suelo detectar y me suele gustar, independientemente de la película que sea.

Mientras Duermes (no confundir con el engendro de los 90 protagonizado por Sandra Bullock) tiene mucho de Hitchock por la atmósfera creada. Luis Tosar da mucho miedo en su papel de conserje obsesionado con una Marta Etura que, como acostumbra, enamora a la cámara y da angustia verla en un juego enfermizo al que se presta sin saberlo.


“Y los conserjes de noche, cuidan de los hostales…”, canta Quique González.




jueves, 2 de enero de 2014

MIS 10 PELÍCULAS PREFERIDAS, VISTAS EN EL 2013 (I)

PRISIONERS (2013)  - DENIS VILLENEUVE -





Prisioners es el reverso humano. La herida con la costra levantada. La expresión trasnochada de un  colosal Hugh Jackman. Sus ojeras por horas de sueño ocupadas en el drama. Su gesto contenido en el que se percibe que dentro de él suena roto. Sus instintos llevados al límite.
Nadie había descrito la desesperación humana como William Golding en “El señor de las Moscas”. Esa desesperación a flor de piel es por la que vaga Prisioners, traspasando una oscuridad lírica, hermosa. Una oscuridad humana, al fin y al cabo.
Jackman recuerda aquel Sean Penn, en Mystic River, capaz de todo, desprovisto de toda ética con tal de culpabilizar y castigar al causante de su dolor.
Prisioners es, también, un poco del “Zodiac” de Fincher. Una de esas, incompresiblemente, infravaloradas que a medida que transcurre el tiempo toma conciencia de obra de culto.



TROPA DE ÉLITE 2 (2009) - JOSÉ PADILHA - 




“Segundas partes nunca fueron buenas”, acervo popular caricaturizado en Scream 2 cuando se debate entre un grupo de cinéfilos la premisa convertida en dogma para puristas.
Tropa de Élite desmonta esta teoría. La primera es brutal, salvaje,  hiperrealismo en estado puro que habla de cómo una milicia especial salva guarda las favelas con el ojo por ojo diente por diente, sin importar el código de buen gobierno policial o la ética que censura el abuso de poder.
Tropa de Élite 2 tiene lo mejor de dos barrios muy conocidos por los seriéfilos: Farmington y Baltimore. Es el Farmington de “The Shield” por la corrupción policial con narcos en nómina y con botines de delincuentes con placa. Es el Baltimore de “The Wire” por la burocracia, los intereses de campaña, el sistema flaqueando ante el poderoso Don Dinero, las grandes esferas institucionales salpicadas.
Tropa de Élite 2 mira con cierta distancia a su predecesora, aunque  también se trate de una obra mayor que merece infinito reconocimiento.



BLUE VALENTINE (2010) - DEREK CIANFRANCE -





Pensamos en el amor como el sol naciente, el esplendor en la hierba, el rayo que no cesa, el canto del cisne, los días de vino y rosas, aquellas miradas adolescentes que se reflejan en los ojos del otro, la aceleración de las constantes vitales. La industria cinematográfica y la literatura suelen olvidarse del reverso de la moneda. El sueño americano y la influencia del cantar de gesta, supongo.
Ryan Gosling y Michelle Williams son un matrimonio en horas bajas. La decadencia de su relación se palpa en cada gesto compartido. La pasión de ayer, es hoy un solar donde solo queda costumbrismo. La inercia y la rutina han tomado aquel fuego de los primeros encuentros. Ahora hay un “nosotros” fragmentado, desagregado, descosido. Ese “nosotros” son dos partículas independientes, unidas por la legalidad y lo cotidiano y separadas por la fría física. Pero, claro, no suele haber simetría en la depreciación de dos semejantes.
Ryan Gosling no ha bajado los brazos. Se empecina en salvar los muebles, acude a la canción que apadrinó los primeros besos. Un blues de los que enamoran.
Michelle Williams, a su vez, empieza a detestar el baile de máscaras que es su matrimonio. Aborrece su vida y cualquier vínculo vital de la misma. Sus dedos están apagados al contacto con la otra piel. Y se empieza a preguntar aquello que hace saltar todas las alarmas: “Y si hubiese tomado este otro camino, ¿qué sería de mí?”. 
Pero, ¿en qué momento se jodió todo?, ¿en qué momento el microclima idealizado se tornó un transcurrir de días sin emociones, sin vértigo, sin nudo en el estómago?



ONE, TWO, THREE (1961) - BILLY WILDER –





En la España profunda, el cine más comercial pertenecía a la comedia, a pesar de Berlanga y Buñuel. La comedia de los José Luis López Vázquez, Paco Martínez Soria, Antonio Ozores, Fernando Esteso, Alfredo Landa, Andrés Pajares, Tony Leblanc. Grandes precursores de la llamada “época del destape”, con esas vedette del séptimo arte: Carmen Sevilla o Sara Montiel. Monumentales mujeres que compartían plano con el prototipo de hombre torpe, poco agraciado, pero enternecedor, que tenía  un carisma extraño, difícil de explicar. En cualquier caso, encantador. Capaz de propiciar una situación estrambótica y salir airoso de ella. Ese hombre normal y gris que conquista tantas ciudades y mujeres se ponga a su paso. Ese halo de perdedor con hechuras de dandy trasnochado, dotes seductoras un tanto anticuadas y que cae en el paletismo de la época, la copa de coñac y puro de sobremesa, encandilando a alemanas en Benidorm o a chicas de la Cruz Roja. En definitiva,  Julio Iglesias o Bertín Osborne, antes de Julio Iglesias o Bertín Osborne.
Al otro lado del charco, existía otro tipo de comedia en la que el perdedor se ponía el mundo por montera en un acto de fé y un guiño de buena suerte. Billy Wilder encarnaba a este bufón de una manera única y sutil, sin la caspa de la comedia española. Jack Lemmon solía llamarse. Aparte de este tipo de comedia, Wilder tenía un amplísimo registro con su particular sentido del humor como denominador común.
En One, Two, Three, se mete en camisas de once varas por la época convulsa en la que se trataba. Caricaturiza la Guerra Fría.
Un director de Coca-cola en la Alemania Occidental, una niña de papá que no entiende de Guerras Frías ni status quo, un novio pro-soviético que choca contra los intereses del padre de la criatura. Los ideales intentando anteponerse al Imperio del capital. Un cóctel molotov. Otra obra maestra de Don Billy Wilder.



PERSIGUIENDO A AMY (1997) - KEVIN SMITH - 








Perseguir a Amy es una metáfora sobre perseguir el amor platónico con toda la idealización que ello requiere. Perseguir a Amy es pretender que la mujer amada sea arcilla y querer moldearle a sus anchas. Perseguir a Amy es no aceptar las reglas del juego. No aceptar que todos tenemos un pasado con otras personas con las cuales hemos compartido lecho, alcoba y hasta cepillo de dientes. No aceptar las reglas del juego es pretender ser todas las relaciones fallidas, o todas las relaciones que calan hondo,  el despertar y la experimentación sexual, los royos de una sola noche con garrafón de por medio en bares de Malasaña, las salas de cine con caricias clandestinas, las cenas para dos, las risas contagiadas, las largas esperas porque no sé nada de ella y son más de las 10, las discusiones absurdas e inevitables que entran dentro del contrato de “más que amigos”. No aceptar las reglas del juego es esperar ser exclusivo, entendiendo la exclusividad como si estuviera solo limitada al presente, obviando el pasado. Obviar que hubo otros exclusivos, otros que llegaron pero no consiguieron quedarse, u otros que simplemente fueron papel mojado, personas de transición, aves de paso; pero también fueron bagaje y construyeron una base empírica de la que el “exclusivo” reniega, pretendiendo hacer borrón y cuenta nueva. Perseguir a Amy es pretender abarcarlo todo, y auto engañarse en el intento, porque todos tenemos un pasado, con más o con menos cadáveres en el maletero. Perseguir a Amy es idealizarle y exigirle que responda a esos cánones de cuento de hadas. Y no aceptar las reglas del juego.