Aquella tarde de abril de 1994,
Kurt Cobain dejó una nota que firmaba su epitafio. Se declaraba: “una
persona errática”. Toda una declaración de intenciones de alguien que había
vivido entre excesos y cuya visión de la vida era la de un domingo por la tarde.
Una frase lapidaria que humanizaba al mito. La escopeta, que yacía junto a él, dejó
huérfana a toda una generación de la rockstar de la década.
Eran tiempos de ver, en el patio
de colegio, a los mayores, los de BUP, con la camiseta del Nevermind de
Nirvana. El bebé con el dólar en la piscina, imagen recurrente y sobreexplotada
debajo de aquellas cazadoras vaqueras de los 90, conjuntadas con las Converse, un calzado de la época, más bien tirando a hortera, y no un elemento de tendencia que lleva neologismos, trillados hasta la náusea, que
responden a: “hipster”, “fashion”, “vintage”.
Nirvana era lo mainstream dentro
de lo alternativo y outsider. Una especie de los Ramones o los Sex Pistols pero de los 90 y con un rollo
menos vitalista, menos transcendental. Un rollo autodestructivo que nos
vendieron como molón.
Kurt Cobain era un poeta maldito,
otro del club de los 27. Demasiado sórdido para ser Jim Morrison y con
demasiado marketing para ser Jimi Hendrix. Cobain era el grunge en la época
dorada del grunge. El nihilismo, el paradigma de lo subersivo y la rebeldía en
unos 90 aburguesados, sin demasiado por lo que sublevarse o levantar la voz.
1994 dejó la supremacía del
Grunge en manos de The Pixies, el grupo que Cobain tomó de referente a finales
de los 80. Mucho mejor grupo que Nirvana, pero sin ese halo generacional y
carismático que tenía la figura de Kurt. Mientras, al otro lado del charco,
Oasis acababa de sacar su primer álbum, el inolvidable: “Definitely Maybe”, para
discutir hegemonía con Blur e inventar el concepto de: “Brit-Pop”, acuñado a
una hornada de bandas que hacían rock basando sus guitarras en melodías muy
aptas para el gran público y para los sibaritas de gafa pasta y celofán.
En el 94, Nirvana era algo ajeno
a mí. Un nombre que sonaba al horizonte lejano que separaba la EGB del BUP;
la cara imberbe, del acné juvenil.
Dos años después, antes de
empezar la ESO, gracias a mi primo mayor y a mi emergente inquietud por la
música, mi primer walkman, un artefacto entrañable pero de dudosa fiabilidad, empezó
a reproducir las cintas de Nirvana. Algunas originales, como el “In Utero” o el "Nevermind” y la mayoría en formato: cinta de 60 TDK (o 90, tratándose del Unplugged), donde poner, en la
etiqueta, el nombre del disco con letra de 6º de Primaria.
Nirvana se convirtió en uno de
mis grupos de culto. No tenían la mística de Dylan, ni sonaban con la fuerza de
los Rolling, ni tenían la calidad de los Beatles, ni la creatividad de Pink
Floyd; pero tenían el magnetismo generacional para dejar poso, para ser una
leyenda. Con el tiempo los he ido considerando como un grupo musicalmente simple, engrandecido por
el carisma de su líder. Algo sobrevalorados, a fin de cuentas.
Valoraciones aparte, Nirvana siempre evocará mi infancia, mi adolescencia y ciertos momentos universitarios. También las cintas TDK de 60, mi primer walkman, mis primeros campamentos de verano, los viernes en el Blockbuster eligiendo peli tras la pachanga de fútbol con los chicos del barrio, los VHS que me grababan de Canal + de los partidos del Jordan de la segunda etapa, el Madrid de Capello, el Agüila de Extremoduro...
Sí, mi nostalgia es un eufemismo
de mi complejo de Peter Pan. Siempre quise ser la voz en off del Kevin Arnold
de “Aquellos Maravillosos Años”, un adulto que ve su propia niñez en
flash-back, recreándose en esos momentos de magia cuando la inocencia está
intacta y el margen de asombro y fascinación tiende al infinito.
“Prefiero quemarme por dentro que
apagarme lentamente” Kurt Cobain (1967-1994)
