"Los años de papel te vuelven a cegar, como a Norma Desmond en Sunset Boulevard..." Javier Álvarez.
Para un chico que le cogió la pubertad a mediados de los 90, escuchar Javier Álvarez, en tiempos de los Backstreet Boys y las Spice Girls, era algo así como que tu Beatle favorito fuese George Harrison. Para aquellos 11 años, la canción de Javier Álvarez no era más que un estribillo, en una cinta TDK de 60, que sonaba en un walkman. Demasiada inocencia como para saber que la canción homónima hablaba de la película "Sunset Boulevard" ("El crepúsculo de los Dioses", título en español), una de las grandes obras de arte del maestro Billy Wilder. Su protagonista, Norma Desmond, era una leyenda del celuloide, ajada y destartalada, víctima de su propio recuerdo como estrella de Hollywood. Había sido Audrey Herpburn antes de Audrey Herpburn. Un juguete roto devorado por la gran industria del Sueño Americano. El retrato de la repentina decadencia, que viene, sin avisar, cuando aún quedan posos de delirios de grandeza, papel cuché, calor de los focos y tacones caros sobre la alfombra roja. Pero el confeti se había convertido en celofán. Tras la Belle Epoque, solo el recuerdo, en constantes revisiones, y pañuelos llenos de lágrimas con rimel esparcidos en su vieja filmoteca. Norma Desmond había parado el reloj en los días de vino y rosas, pero la arena seguía cayendo y la montaña era ya lo suficientemente grande como para intuir que el dorado quedaba, lejos, en momentos pretéritos. Creerse chica de portada de magazine del New York Times, cuando la huella del tiempo lo ha devastado todo. Pobre Norma Desmond.

Iker Casillas siempre tuvo la imagen del yerno perfecto. El hombre a quien toda chica quisiese llevar en la cena de Nochebuena, durante los primeros compases de la relación. Durante años gozó de muy buena prensa y de poca leyenda negra, más allá de aquellos meses agitados de 2002 en los que, dicen las malas lenguas, compartía juergas trasnochadas con un Chava Jiménez en fase autodestructiva. Aquello le costó la titularidad, devuelta en el momento más agónico de la novena Champions League. La de Glasgow. La de Zidane. La de Casillas haciendo imposibles en la línea de gol. Desde entonces, una carrera meteórica encumbrada por unos reflejos descomunales que tapaban ciertas carencias que nunca le impidieron reinar en la empresa de los tres palos. Nunca fue bien por arriba. Nunca fue un portero de dar tres pasos hacia delante, en línea de gol, para subir la defensa, achicando espacios. Nunca dominó el área. Iker entendía la profesión, apostándolo todo a sus impresionantes reflejos. Iker era un claro ejemplo de la ventaja competitiva de Porter, basada en la especialización para competir.
El run run de Buffon, portero más completo pretendido por Florentino, le acompañó durante algún que otro verano. Así como, según cierta trastienda de la prensa, la querencia de Capello por un portero de mayor envergadura que dominase el área, como era el caso de un jóven Diego López, sempiterno portero del filial y segundo de Casillas, por aquel 2006/2007. Iker superó ambas tendencias. Su carrera tuvo pocos sobresaltos más, hasta "el Mourinhismo ilustrado" de finales de 2012.
Hace pocas semanas vi a Iker Casillas despedirse del Madrid en un vodevil perpetrado por la grada noble del Bernabeu. Florentino, tras años de desapego y deterioro en las relaciones con el gran capitán, montó uno de esos sainetes, tan comunes en él. Como Norma Desmond en "Sunset Boulevard", bajando las escaleras de su gran mansión ante una prensa que le rendía un cínico último tributo, Casillas se expuso delante de los focos por última vez. Un mito caído que mereció otro final. Se fue como llegó, con el halo de un tipo corriente de los que esconden el duende y lo lucen cuando deben, cuando procede. Nunca dio la impresión de querer parecer una rock & roll star. Ni se le puede acusar de haber enterrado el mito en una habitación de hotel con barbitúricos y el vaso de bourbon sellado con pintalabios, style Marilyn. Difícil situación para un ciudadano raso de Móstoles, en un país de desmemoriados, donde las encuestas dicen que si se bajan los impuestos en campaña, se olvidará toda política patriarcal dispuesta a contentar al IBEX-35, "el IV reich, el de la austeridad" y a la cadena de mando del tejido empresarial. Paradigmático simil. La amnesia emocional patria no entiende de ninguna Norma Desmond llenando de colillas el cenicero, mientras ve la vida pasar desde la atalaya de la vieja filmoteca. Los paripés para contentar a casi nadie son "bruma en la Castellana", como aquella canción de Ariel Rot. Demasiados cadáveres enterrados en el jardín de Florentino. Demasiadas cáscaras de pipas en el graderío. Mucho Mourinhista de festejo. Tiempos difíciles para declarse madridista sin que el orgullo se resienta.
