FARGO. (Noah Hawley)
Teoría del caos. El aleteo de una mariposa que puede desembocar en un tsunami de indetectables consecuencias. La historia de un perdedor cuya vida se despeña por el barranco de las frustraciones. Frustraciones acuñadas por el recuerdo imborrable de los abusos sufridos en el instituto, un trabajo que detesta, un hermano por el que dudar si la teoría de Mendel es válida y una esposa que le ningunea y le recuerda que siempre fue lo que apuntaba en su tierna adolescencia: la crónica de un fracaso anunciado.
La premisa cambia cuando entra a escena un genial Billy Bob Thorton, en uno de esos papeles de “anti-tipo duro”, pero que hiela la sangre con una mirada, tan bien trazados por el mundo Coen.
Fargo es la demostración que el efecto dominó puede ser devastador en sucesos, a priori, independientes entre sí y que guardan poca relación. La teoría del caos, como decía. Fargo cuenta cómo, cambiando las condiciones y las circunstancias, ese ser gris, indetectable para los cánones de éxito del siempre exigente estatus quo, puede ponerse el mundo por Montera y dejar atrás ese halo de perdedor que huele a kilómetros, como colonia barata. Dejar atrás ese estigma de bufón amedrentado por las circunstancias, elegidas por la inercia de la frustración o impuestas por la arbitrariedad del ser humano. Fargo es, también, una nueva oportunidad para redimirse de la mediocridad en la que estaba encallada una vida insustancial.
Mucho humor negro, mucho Billy Bob Thorton (probablemente, el mejor papel de su carrera) y mucho Martin Freeman (brillante hallazgo), muchas situaciones bizarras, mucha tragicomedia griega, mucho esperpento que luce y tiene su razón de ser en esa atmósfera Coen, donde el perdedor y lo histriónico son los grandes pilares que sustentan la historia. Como ingrediente adicional, y reclamo, la participación, como secundario de lujo, del genial Saul Goodman (Robert John Odenkirk) de Breaking Bad.
TRUE DETECTIVE. (Nic Pizzolatto)
Un thriller policiaco es la excusa perfecta para hablar de nihilismo, desencanto, evolución humana, con sus heridas inherentes, que no cicatrizan, a lo largo del tiempo.
Entre los juncos y el fango, de Louisiana, hay vida inerte. Una historia espeluznante esperando ser descubierta. - El horror - que diría el Coronel Kurtz, encarnado por un Marlon Brando, en horas bajas. Tras el misterio se halla una pareja antológica, que se complementa gracias al pragmatismo de uno y la eterna divagación del otro.
Parece que cuenta algo que ya hemos visto, pero aquí no tenemos a Morgan Freeman y Brad Pitt buscando los 7 pecados capitales en correspondientes crímenes, ni a Kevin Spacey como psicópata “cum laude”, con el pulso de Fincher dirigiendo los hilos.
Se produce el doctorado de Matthew Mc Conaghey. La confirmación de lo que venía apuntando en “Mud“, “Dallas Buyers Club” y el cameo de “El Lobo de Wall Street”. Woody Harrelson está a la altura de las circunstancias, demostrando que su problema, a lo largo de su carrera, han sido las dudosa elección de los papeles más que el potencial que atesora. Otro infravalorado.
True Detective se ha convertido en un clásico de culto inmediato para paladares exigentes y gourmet de atmósfera decadente, fotografía con tonos oscuros y guiones que necesitan digestión pausada, con brandy y siesta. Dejando los posos que solo dejan las historias fascinantes.
LA ISLA MÍNIMA. (Alberto Rodríguez)
Mucho se habló de su paralelismo con True Detective. En cualquier caso, casual, porque el rodaje se produjo antes que viera la luz la obra magna de HBO.
Las similitudes existen y tienen como denominador común muchas de las cosas que enamoraron de True Detective.
Las marismas del Guadalquivir son, esta vez, las que guardan secretos y donde se mezcla el marco incomparable y el escenario más inquietante. Como en Seven o True Detective, los dos agentes de la ley son la noche y el día. Uno está de vuelta de todo y no cree en la rendición de sus malas decisiones. El otro es el policia académico y riguroso, un melón aún por abrir. Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo, tradicionalmente desempeñados en la comedia, se reciclan meritoriamente, dando poderío a una historia de cadáveres, coyunturas políticas y viejos fantasmas en la España profunda. Tiempos, aún confusos, de transición y de andar un poco a la deriva.
Posiblemente, la mejor película española de la última década.
BLACK MIRROR. (Charlie Brooker)
Imagina a Don Draper dejando, por un momento, el traje, la pitillera, el whisky y las faldas ajenas a su matrimonio. Imagina que, en vez de la música de Charlie Parker y la estética de los 50, Don Draper pasa a formar parte del oscuro retrato de una sociedad alienada por la tecnología, por el progreso mal digerido. Black Mirror da mucho nivel con la aparición de Jon Hamm, ese involvidable Don Draper de Mad Men, en el especial de navidad, primer episodio de los tres que se darán en la tercera temporada.
Black Mirror lleva tres temporadas proponiendo varias aristas de una misma cara, una sociedad que se asemeja al “1984” de George Orwell. En esta ocasión, no es el “Gran Hermano” de Orwell, o la tiranía del hombre, lo que somete a una civilización, sino la tecnología, el mundo virtual que tantas facilidades se le supone y que, en ocasiones, tanto nos aleja del mundo real. Sórdido, inquietante, incómodo para el espectador. Una pesadilla antes de navidad, distinta a la de Tim Burton.
RELATOS SALVAJES. (Damián Szifrón)
Relatos salvajes es, ante todo, humor noir que pretende divertir y lo consigue de manera notable. También son vísceras esparcidas sobre el asfalto, tras los zarpazos de la vida. Situaciones estrambóticas dentro de lo posible. Pero sobre todo, Relatos Salvajes quiere rendir pleitesía a la venganza y las reacciones instintivas.
Una antología de “aquello que haría, si me olvidase de las consecuencias“. Tesitura fascinante en una sociedad cínica, diplomática, con miedo a la confrontación y necesidad a dejar las cosas en tablas, aunque queden pleitos y rencillas pendientes.
Todo ello, desde una óptica visceral, estado inmediato al de rendir cuentas a alguien.





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