Raúl López era Pete “Pistol” Maravich en tiempos de Jason
Williams. Jimi Hendrix en tiempos del BritPop noventero de los Blur, Oasis o
The Verve. Puro Rock& Roll. Pura magia. Talento al 90% de pureza en la
disolución mezclada con el empaque que debe tener un base para mandar en la
cancha.
Uno de mis fetiches
desde que apareciera con el pelo de rubio putón, en aquel verano del 99, con el
Oro del mundial junior bajo el brazo. Antes ya había deslumbrado en la Penya en
época de ácne juvenil, con un físico que le hubiese confundido con secundario
de “Al Salir de clase”, la Beverlly Healls 90210 cañí.
Raül López fue el primero de los junior de oro en ser una estrella. Casi también el primero
en debutar en ACB, de no ser porque Aíto García Reneses otorgase el testigo a
un desgarbado, flacucho, pero muy explosivo Juan Carlos Navarro, cuya jugada
autóctona enamoraba por su heterodoxia y
explosividad. Nunca supe que fue primero, si el huevo o la gallina. Nunca supe
si debutó o deslumbró antes Raül López o la Bomba Navarro.
Lo que sí recuerdo es que aquella selección junior plagada
de talento la lideraba el genial base de Vic. Talento que dirigía a talento. De
su batuta salían bombas imposibles de Navarro, triples o penetraciones de Berni
Rodríguez, rebotes de Felipe Reyes a torres más altas (nunca fue un problema
para él) y los primeros compases de un proyecto de Toni Kukoc, que, con el
tiempo, se convertiría en una realidad de sí mismo: Pau Gasol. Como la quinta fue del Buitre o el Milán de Sacchi de Van
Basten, aquella selección junior era la de Raül López.
Después del oro junior, siguió su imparable progresión en el
Joventud, a las puertas del efecto 2000, el cambio de siglo y el adiós de la
década de transición entre los rompedores y horteras 80 y la era tecnológica
que mueve montañas con un click. Fue la temporada de consagración del joven
Raül.
En el verano del 2000, vino al Madrid para hacer sombra a un
tal Sasha Djordjevic. Lo consiguió, a pesar de alguna lesión inoportuna. Era un
Real Madrid un tanto peculiar. Los de Scariolo venían de ganar la liga en el
Palau con aquella imborrable imagen de Djordjevic levantando los brazos a su ex
afición mientras Nacho Rodríguez le increpaba vencido por la impotencia. A
pesar de ganar la liga por la épica y de aquella manera, Raül López fue a un
Real Madrid de entreguerras que combinaba jugadores tan fiables como: Alberto
Herreros, Lucio y Alberto Angulo, Eric Struelens y el propio Djordjevic ; con
fichajes que no acabaron de cuajar por algún u otro motivo: Erik Meek, Jiri
Zidek o el, por entonces, flamante Marko Milic. Un Real Madrid que combinaba
fichajes muy fallidos con viejos ilustres, y que recordaba al Madrid de fútbol
presidido por Lorenzo Sanz y sus fichajes, cuanto menos, sospechosos: Perica
“el átomo” Ongjenovic, Elvir Balic, Edwin Congo, Manuel Canabal, Rodrigo Fabri…
Los Utah Jazz tenían un proyecto muy ambicioso para él: ser
el sustituto de, nada menos, John Stockton, quien empezaba a notar la fatiga de
los años. Todos conocemos la historia. Las lesiones le impidieron serlo, aunque
en sus 3 años dejó sobradas muestras del superclase que era y acabó demostrando
que la NBA no se le quedaba pequeña, sobre todo en su último año, que compartía
el puesto de base con el sobrevalorado Carlos Arroyo.
En el 2005, volvió a España, con otro cambio de ritmo, con
unas facultades menos explosivas que el Raül pre-lesiones. Sin embargo, tenía
más de playmaker que antes. Era un base mucho más manejador de los tempos y con
la misma sutileza en cada uno de sus movimientos, aún siendo menos deslumbrante
que antaño. En su vuelta a España comenzó liderando el ambicioso proyecto de
Akasvayu Girona, un equipo tradicionalmente perdedor y asentado, a caballo,
entre la zona noble y los puestos peligrosos. Un equipo tuneado casi al
completo, salvo el incombustible capitán Toni Espinosa, que contenía nombres
tales como: Fran Vázquez, Roberto Dueñas, Danius Salenga, Terrell Myers, Samo
Udrich o Arriel McDonald. Una plantilla muy poderosa para aquellos tiempos y
para lo que había sido este equipo.
Un año fue lo que duró el periplo de Raül en Girona. Ramón
Calderón, nuevo presidente electo del Real Madrid, le captó para devolver la
ambición a una sección que, salvo el oasis que supuso la liga de Herreros en
Vitoria, llevaba años deambulando a la deriva con baile de entrenadores y
jugadores fallidos, de perfil medio como: Mario Stojic, Stefano Attruia, Alain Digbeu
o Michael Hawkins; eternas promesas: Edu Hernández Sonseca, Antonio Bueno o
Lucas Victoriano; y decadentes que ya habían vivido sus mejores años: Derrick
Alston, Zan Tabak, Dragan Tarlac y Alfonso Reyes.
El 2006 fue un gran
año para el Real Madrid y para Raül López. Gracias a su manera de concebir el
juego y a la de Joan Plaza, el Madrid fue un equipo serio que además jugaba a
un ritmo muy alto en cada partido. El regreso de Alex Mumbrú, Charles Smith, Kerem
Tunceri, Felipe, Louis Bullock y Hervelle, entre otros, eran muy buenos mimbres
para que Raül sacase a pasear todo su potencial. Un Raül que, en momentos
puntuales, recordaba al primer Raül del Joventud, pero que además era un base
más consistente en liderazgo. Así paliaba su pérdida de explosividad.
Fueron 3 años donde Raül volvió a la cima que le
correspondía. Aunque el último año, también estuvo lastrado por las lesiones.
El deseo del Madrid, durante varios veranos, de fichar a Pablo Prigoni (mejor base
de la ACB desde hacía casi un lustro) sumado a la irrupción del emergente
Sergio Llull, provocaron que Raül hiciera las maletas rumbo a Rusia por encargo
personal de Sergio Scariolo, quien le quería comandando la nave de su Khimki.
Su tercer período de
la ACB llegó en 2011. El genial base de Vic desembocó en el Bilbao Basket.
Su clase, su carisma y su infinito talento le ha hecho erigirse uno de los
líderes de uno de los clubes más emergentes de los últimos tiempos.
Y ahí seguimos los románticos, cuando se cumplen 15 años de
su debut en la ACB, disfrutando de su juego mientras seguimos sin saber
clasificarle, porque Raül tiene algo de poeta maldito, algo de jugador de culto
y mucho de jugador talentoso de los que la cima les hace resbalar y no aguantan
mucho tiempo, ya sea por lesiones o por las circunstancias.
Yo, romántico, nostálgico y admirador de talento
reciclado, puedo decir que me enamoró el
Raül López que olía a superproducción, pero me quedo con el Raül López que se
convirtió en producción indie de culto. Una especie de Kurt Cobain, mitificado
por lo que fue, pero más mitificado por lo que pudo ser.
Post original en la página de deporte en la que colaboro, "Golpe de estadio"


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