Amanecí con una extraña sensación de exceso de equipaje de mano. Otra vez la conciencia martilleando.
Al echar una ojeada al reloj, percibí que no todo era como la noche anterior. Aquel antiguo cuco, que aún olía a madera, se había llevado algo de mi, esa misma noche.
Había algo más en aquella habitación: El peso del alma.
De repente, como un acto reflejo, me miré la piel, esas secuelas que jamás se lleva la huella del tiempo, esas marcas de profundas heridas, producidas por el mismo golpe homicida: las manecillas de un reloj.
Aún estaba en duermevela.
La última noche decidí que mi propia felicidad dependería de mi. No habría margen para el escarnio en el costado, para la agonía de malgastar el tiempo. Era mi última noche.Tesitura irreversible. El impacto contundente, insaciable, devastador de mi "enemigo invisible": el tiempo. O, por el contrario, los arrestos de dominar el minutero a golpe de ingenio.
En un acantilado se precipitaban ambos: el paso del tiempo, los arrestos. Les sujetaba sabiendo que la situación cedería ante su propio peso: o salvaba uno o ambos morían en el intento.
Elijah Wood o Macauly Kulkin en "The Good Son"
El sol entraba con fuerza por las persianas aquella mañana. Prometí que sería la última noche.
Nunca lo Fue.

No hay comentarios:
Publicar un comentario